Por el placer de estar juntas hacemos juegos con palabras. Nos reunimos una vez por semana y entre café y cosas ricas, creamos letras en libertad.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Reunión fin de año 2007

Cada momento es especial.

Myrta, lee el poema "Gente", de Hamlet Lima Quintana (poeta argentino).

Comenzó diciendo: Cuando publiqué mi libro "Que lejos ha quedado el cielo", creí que había perdido mi cielo. Lo recuperé con ustedes. Les dedico el poema.

No hay palabras que puedan describir emociones.

Hay Gente... así... tan necesaria.

Ocho abrazos birlibirloqueros para los que visitan nuestra revista.

(Camarógrafa: Irma Acuña)

viernes, 19 de septiembre de 2008

Sanando el pasado






Movido por un sentimiento nuevo en mí, surgido tal vez, por la madurez y la responsabilidad impuesta abruptamente y por la curiosidad de saber adonde mi cobardía de juventud acorraló a aquella exótica y bella mujer, la fui a ver.
Caminé a los suburbios del pueblo y fui a dar a una precaria casita rodeada de jardín, golpeé y sin asomarse siquiera contestó secamente:
- ¿Que querés? ¿Qué andas buscando?
-Vengo a ver a Zoe-, contesté titubeando, dándome cuenta que no había ensayado una excusa.
- ¿Para qué?- inquirió la voz.
- Quiero comunicarme con mi padre.
- Entrá, dejá 100 pesos sobre la mesa y sentate-, dijo con un tono de voz firme y resuelto.
Adentro había velas en cada rincón, lo que le deba un aspecto esotérico, un bracero en el suelo que daba calor y olor a carbón, las paredes precarias cubiertas con telas, había dos asientos, uno que entendí sería de ella, preparado como un trono, alto, cubierto con telas que brillaban, cómodo. El otro una silla rústica y pequeña, ahí me senté y esperé que apareciera.
Pensaba como se había desencadenado todo. Éramos muy jóvenes, ella vendía flores en el cementerio, café y maníes a la salida del cine, alfajores de maicena y helados en la puerta de la escuela.
Ella era todo movimiento, su cuerpo de junco, sus motas negras pegadas a la cabeza, sus aros de oro resplandecían como sus dientes en una boca enorme y sonriente que pintaba de rojo, aunque en aquel tiempo mis camaradas y yo no reparábamos en esos detalles precisamente. Eran tan fuertes nuestras fantasías que empezamos a hablar y a contar historias que no fueron, fantásticas y exageradas, poniendo en ella todos nuestros propios deseos.
Zoe ajena a nuestros rumores que fue cubriéndolo todo como una bruma espesa, siguió con su vida hasta que el pueblo se inquietó por esa mujer que con sus cafés, alfajores y helados contaminados con brebajes demoníacos, corrompía y perturbaba a los jóvenes del pueblo.
Así ,la ignorancia la convirtió en un animal exótico, supersexual, lujurioso demoníaco y corruptor que hizo que Zoe volviera a su casa de la periferia con los termos llenos de café, las flores marchitas, los maníes sin vender, los helados derretidos, los bolsillos vacíos, las miradas despectivas en su nuca, envuelta en un cuchicheo incesante.
Y dejamos de verla, aunque los rumores seguían, siempre había alguien a quien se le aparecía en la noche y era victima de un ataque sexual que al otro día contaba con lujos de detalles, dejándonos curiosos y ardientes. Las damas del pueblo con mi madre a la cabeza la defenestraron en sus reuniones de canasta y té, adjudicándole poderes extraordinarios y la convirtieron en un mito, le temían.
Un día escuché a mi madre decirle a sus amigas que Zoe se le apareció en la noche a mi padre mientras él regresaba del bar, y en una calle oscura y silenciosa lo atacó como un animal en celo dejándolo tirado en el piso inconsciente, y que por pudor no quiso hacer la denuncia a la policía.
Crecí con esas historias, que maliciosamente había comenzado yo por error, por cobarde, por estúpido.
Hoy estoy aquí, en su casa, con una excusa para saber de ella. Un gato negro me inspecciona rozándome su cuerpo y su cola por las piernas. El tiempo ha pasado, ya no soy un adolescente, mi padre ha muerto hace dos años, y yo debo mantener la casa.
Zoe también ha cambiado, ya no tiene esa enorme sonrisa. Sus ojos siguen siendo enormes pero serios, ha usado ese misticismo, esos poderes que le adjudicaron para sobrevivir y ahora envuelta en una capa de seda que cubre todo su cuerpo se presenta ante mí. Con sus dedos flacos y ágiles toma el dinero y lo guarda entre su ropaje.
-¿Qué querés saber?
Y yo no sé que decir.
-Él está aquí-, me dice con una seguridad que me conmueve.
-Está a tu lado, puedo verlo, rubio, de traje, te mira, te sonríe.
Y yo, que entré a esa casa sabiendo que esto es una farsa, me emociono y lloro sin vergüenza como un niño.
-Perdón- digo entre sollozos.
Zoe imperturbable cerrando los ojos dice:Los hijos no deben cargar con los pecados de los padres.
No entiendo que me dice pero me levanto conmovido, salgo de la humilde casa, el gato se me atraviesa y me demora un instante.
Zoe me dice monocorde: Podés venir cuando quieras.
-Así lo haré-, respondo secándome la cara.
En el jardín de entrada a la casa juega un pequeño niño negro de unos tres años, con los mismos ojos gigantes de Zoe, con la boca carnosa de su raza, con la alegría despreocupada de su edad. Y yo aturdido, le digo chau y acaricio sus pequeñas motas rubias.




© IRMA ACUÑA
Julio 07

® Birlibirloque

Cuento antiguo





... Era ese instante en que los relojes se deslizan por la chimeneas y los jinetes galopan en cabalgaduras de pasión. La luz que iluminaba la sala provenía de una olvidada vela encendida. En el sillón del rincón dormitaba la sombra del dueño de casa.
... De pronto la vela titubeó, pero se pudo distinguir cómo los personajes del cuadro que colgaba sobre la chimenea, se bajaban suavemente del paisaje y deambulaban inspeccionando la sala.
-¡Es como salir de un espejo! –se reía el niño de la pintura, mientras se sentaba al lado de la sombra. Esta no se despertó y eso le dio confianza.
La joven que bajó con él tenía una canasta con flores que iba amontonando en los rincones.
-Es para perfumar los recuerdos –decía, mientras cantaba suavemente una melodía de opereta.
El perro del cuadro fue el último en bajar. Quizás era, a pesar de su gran porte, algo tímido o estaba más entumecido por el largo tiempo que había permanecido en la misma posición de juego. El pelo rojizo con manchas blancas tardó en cobrar movimientos esponjosos.
Jugaban en la sala cada cual a su manera, con aire de conspiración y mucho de trasgresión.
El cuadro que aún colgaba con su marco dorado y de firuletes se veía ahora sólo habitado por pastos, árboles y nubes. Y por la magia del pintor seguía siendo interesante.
Pasó algún tiempo ¡quién sabe!, quizá sólo un instante, cuando uno de los relojes comenzó a dar campanadas agudas, como notas de un triángulo.
Un viento empezó a filtrarse por las rendijas de las puertas y ahí dentro se produjo un vendaval del cual era imposible escapar. Las figuras del cuadro se fueron desintegrando en pequeños trozos y algunos hasta cambiaron de color.
Cuando el viento cesó, todas esas formitas que nadaban por el aire cayeron con suavidad, despacio, sobre la alfombra. La transformaron en una alfombra oriental, tal era la disposición en que cayeron las sonrisas, el ojo avizor del perro, las flores de la muchacha, la tela de los ropajes.
Habían perdido su identidad.
Los ojos miraban desconcertados lo que había sucedido pero ahora no se podían mover.
... Cuando se hizo de día, escucharon los pasos presurosos de la mucama de la casa, en sus quehaceres. La vieron aparecer con un aparato ruidoso en la mano. De pronto otro aire, muy potente los arrancó del sopor y los metió sin más en una bolsa llena de polvo que fue desechada a los cinco minutos junto con otros desperdicios en un gran tacho.
La alfombra volvió a verse roja y lisa. El cuadro seguía solitario.
Ni sombra de la sombra.

© Carolina Menapace
10-03-06
® Birlibirloque


Río de nostalgia








Era domingo. Me desperté temprano. La claridad del día penetraba por la ventana. Un cielo azul, despejado prometía una mañana espléndida. Después del desayuno me puse un jogging y unas zapatillas, guardé una manzana en el bolsillo y salí a caminar. La necesidad de ver el río me llevó barranca abajo disfrutando del silencio que a esa hora aún reinaba en las calles dormidas del barrio. Una energía inusual invadía mi cuerpo. Me alegró haberme dormido temprano la noche anterior, descartando la lectura en la cama, que sin remedio me conducía a dormirme pasadas las 12 de la noche.
A lo lejos, en el horizonte, una línea tenue separaba el cielo del río. Apuré el paso fácil, cuesta abajo. A mi derecha una interminable reja se apoyaba sobre un sólido muro que se extendía a lo largo de varias cuadras hasta desembocar en las vías del ferrocarril. Mientras caminaba intenté ver como en aquellos años que había detrás de la verja. Había pasado mucho tiempo. La vegetación era ahora más tupida, no vi como antes la mansión. Sólo atiné a visualizar algunas partes como un rompecabezas, el resto de las piezas logró colocarlas el prodigio de la memoria… y otra vez la incógnita ¿quién vivía en ese palacio? Pasando las vías del tren casi como una continuación de la calle comenzaba lo que fuera en esa época el Balneario “Anchorena”. Ya no existían aquellos recreos de antaño que me volvían loca con el olor a parrilla en las que nunca me compraban algo. Reconocí algunos árboles que se erguían frondosos en su adultez. Todo había cambiado menos el muelle sobreviviente estoico de los embates de ese maravilloso río color tierra. Me acerqué a la orilla. El río dejaba al descubierto en su bajante grandes rocas, muchas ubicadas en los lugares que aún reconocía.

“Un hombre y una niña caminan hacia el agua sorteando las rocas con seguridad, ya no hacen pié, nadan uno junto al otro sin separarse. A la sombra de un sauce una mujer no los pierde de vista” Vi la imagen nítida, clara.

Un tren diferente anunció su paso, pocos vagones de moderno diseño. Me dirigí a la estación, era la misma, guardaba el encanto de su arquitectura ahora pintada, prolija, sólo que otro nombre había sido reemplazado por el de “Anchorena” se leía “Estación Tango” no supe por qué. Me senté en un banco, me comí la manzana mientras los recuerdos se subieron al tren, a los domingos de hace tantos años, al despertar temprano, a la vuelta al mediodía, al escozor del sol en la tersa piel de la niñez, al almuerzo frugal, a la siesta obligada.
Miré el río con un poco de pena, no era el mismo de antes, no habíamos sabido resguardarlo pero aún llevaba consigo una parte de mi historia. Remonté la barranca de vuelta, el paso ya no era tan ligero.
La nostalgia, los años, la pendiente tenían mucho que ver.
Sonreí haciendo un análisis de la mañana. Había cumplido, sin proponérmelo, varios mandatos inamovibles dictaminados por mi padre, en mi primera juventud: “la mañana es la mejor hora del día”; “las horas que se duermen antes de las 12 valen el doble”; “leer en la cama hace mal a la vista”;”una manzana por día, salud para toda la vida”.



© Erica Schworer

® Birlibirloque

Dios salve a la reina














Cuando abrí la puerta, vi tu rostro demacrado, ¿Qué te pasa? Nada, fue la respuesta para tranquilizarme, pero fue inútil mi preocupación seguiría a lo largo de los días, desdichados días de tu enfermedad.
Estabas sentado al piano como siempre, acompañado por lo que más querías, la música. ¡ No me mires así¡ tu voz sonó como una orden, las notas del piano brotaban con fuerza del talento de un grande, empezaste a cantar “Dios Salve a la Reina” ¿Te gusta? Como siempre esperabas mi aprobación, ¡Esto será inmortal¡ te respondí sin saber que así sería. De pronto te levantaste presuroso, corriste al baño, te seguí alarmado, te vi escupir sangre.
No es nada, no te preocupes­.
Hoy tenemos un recital, está todo vendido, mi comentario era para salir del momento preocupante, este recital será un éxito.
Volviste al piano, tu canto era un grito, yo no pensaba que era el principio del final.
Esa noche corriste sobre el escenario, los aplausos invadían el lugar abarrotado de público ansioso por escuchar tu inolvidable voz. La música los hizo bailar.
Los días pasaron y tu salud se deterioraba, el rostro demacrado, las fuerzas te abandonaban, cuando pasaste el portal, caíste al suelo.
Que rápido pasó todo, tu vida y la mía, los momentos de amistad, los cuadros que pintamos en el parque, tú siempre creando, diseñando los espléndidos trajes que lucías con glamour. La noticia de tu sufrimiento pronto corrió como agua en el río.
Hasta que llegó el día, triste día de tu partida.
Pero sigues inmortal,
¡ERES UN ICONO POR SIEMPRE FREDDY¡


© Remedios Pernas
22 / 3 / 08
® Birlibirloque

De cuando todo era en blanco y negro





Es una fotografía común, entre muchas otras, gente diversa que no parece tener un nexo entre sí.
Blanco y negro, casi sepia.
Mirando atentamente, cada uno de los integrantes, parecen estar actuando su papel, en un escenario y el personaje que llegarán a ser en el transcurrir del tiempo.
Un patio con una parra exuberante sobre las cabezas. Y el gesto congelado en el papel…
El padre, alto, bien erguido, con ropas de entrecasa, una boina blanca ladeada sobre su cabeza, aferradas las manos al caño de una escopeta.
La madre sonriendo con tristeza.
Una mujer joven, vestida como anciana.
La muchacha adolescente tomada del brazo del hombre con pose de diva.
Otra chica vestida de organdí, como de fiesta y con volados, seria, presintiendo los sufrimientos futuros.
Una niña pequeña levanta el ruedo de su vestidito con la mano izquierda, y con la derecha estrecha la mano de otra niña, que mira hacia el objetivo con el ceño fruncido.
La escenografía está muy cuidada. La jaula de los pájaros a un lado y entre las piernas de las chicas se adivina las patas del perro.
Hay además un pequeñito que da el clima perfecto. Con gesto serio y ojos cerrados toca su flauta, y la música es el bálsamo que cura las heridas que va abriendo la vida.


© Lidia A. González

® Birlibirloque



La victima propiciatoria









Durante la primera semana del mes, don Pérez salía a cobrar los alquileres de los negocios que poseía. Inútil era que sus inquilinos le suplicaran que volviese más adelante, él insistía con tozudez y si no conseguía su propósito, se paraba en la puerta del negocio y no se movía hasta que le pagaran.
Recorría a pie todo el pueblo haciendo las cobranzas.
- ¿Un vasito de vino?, don Pérez- le decían irónicamente cuando entraba al bar.
-Sólo un vaso de agua- replicaba sombrío.
Al llegar a su casa ponía a recalentar la olla de lentejas que le duraba varios días, le tiraba en el plato un cucharón al perro y le decía: Aquí tiene, suficiente por lo que hace.
Envolvía en papel de diario el dinero recaudado y se marchaba a depositarlo en el Banco Nación.

Vivía solo, los hijos se habían ido uno por uno al morir la madre, a él parecía no importarle mucho.
Con el dinero ahorrado se había comprado una casa en el pueblo y se retiró del campo dedicándose a comprar propiedades que se remataban y que luego ponía en alquiler.

Contrató a un matrimonio de medieros a los que explotaba miserablemente sacándoles más de la mitad de lo que cosechaba y de los chasinados que elaboraban, sin importarles que las sequías les dejaran apenas lo suficiente para subsistir.
Don Pérez se pasaba el día mirando el cielo y ante cualquier amago de tormenta se subía a la chatita y se dirigía a la chacra con intenciones de incendiar los pastizales resecos para que después de la lluvia el pasto brotase mejor.
-¡No haga eso don Roque!- le decía el peón- Cada vez que usted quema los yuyos la tierra se empobrece aún más.
-Pero hombre ¿qué sabe usted?- observaba el cielo con la caja de fósforos en la mano.

Aquella tarde parecía que la amenaza de lluvia se haría realidad, hacia un año que no llovía, sordos truenos hacían temblar la tierra, nubes cargadas de agua cruzaban el cielo, relámpagos celestes seguidos por el chasquido del rayo iluminaban todo, ordenó ensillar el tordillo y a pesar de las suplicas del peón que le decía ” Espere que llegue el Agustín que es más joven” montó y se alejó hacia el sector más alejado del campo. Dejó por precaución el caballo sin atar, con las riendas sueltas bajo un árbol y comenzó a hacer un frente de fuego, los pastizales resecos ardían al instante y él marchaba agachado con la caja de fósforos en mano. La quemazón avanzaba por un costado del campo como él quería, entusiasmado no advirtió que el viento estaba cambiando y ahora soplaba con furia para el lado del potrero, de repente lo vio levantarse y avanzar como una ola gigante, afligido rogaba que se extinguiese antes de llegar a los alambrados y no le quemase los postes y las varillas.
Un remolino de llamas subió al cielo y el viento comenzó a soplar del este trayendo las llamas hambrientas hacia donde estaba él. Echó a correr en la misma dirección en que lo pondría a salvo.
El caballo había huido despavorido y las riendas flameaban a su costado haciéndolo tropezar. Le faltaban como doscientos metros, corría tropezando y levantándose sin pensamiento alguno, más que las ansias desesperadas de llegar al camino. Las llamas lo perseguían bramando, queriendo darle alcance. El incendio se había vuelto incontrolable y daba miedo verlo devorar el pasto reseco, lenguas de fuego impulsadas por el viento rugían, giraban de un lado a otro y se extendían entre remolinos de humo calcinando todo lo que hallaban a su paso, el chilcal, los aromos, el espinillo. Las cañitas de los yuyos explotaban y volaban como flechas, saltando zanjas propagando a derecha e izquierda las llamas que se elevaban, jadeaban, parecían tomas aliento, daban voces dejando a su paso arbustos calcinados y palmeras que ardían como teas.
Los puesteros corrían espantados pero el fuego había ganado el borde del potrero y cruzó como una tromba para detenerse y morir al pie de los chiqueros, justo en el linde del patio. Llegaron junto al infeliz que no había alcanzado a cruzar el alambrado. Lo hallaron con un pie en el segundo hilo, listo para saltar, las manos crispadas sobre la última hilera, sin barba ni pelo, las alpargatas humeando y la ropa ardiendo todavía, la boca abierta en un postrero grito de terror.
Se hizo un silencio absoluto y cuando aún flotaba en el aire el olor a pasto quemado, el día se hizo noche y truenos amenazantes hicieron temblar la tierra, refucilos rojizos zigzagueaban en el horizonte y rayos que parecían desgajar el cielo llenaban el ambiente con un olor a pólvora quemada.
Grandes gotas comenzaron a caer sobre el campo levantando columnas de humo, lerdas y pesadas hasta que se convirtieron en una densa cortina de agua.


© Myrta Zweifel

® Birlibirloque

Despierto







(cliquee sobre imagen para ver)

(Diseño imagen - Milagro Haack- Valencia - Venezuela)



© Cecilia Ortiz
® Birlibirloque