Por el placer de estar juntas hacemos juegos con palabras. Nos reunimos una vez por semana y entre café y cosas ricas, creamos letras en libertad.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Ella, la otra que me habita







Esta otra mujer que vive en mí, impulsiva, romántica, alocada, con el paso de los años se ha calmado un poco. A veces sin que pueda contenerla se desboca, explota iracunda, ríe, llora, se entristece. Entonces debo volver a recomponer sus desatinos y no siempre me resulta sencillo; aquellos que me rodean la conocen muy bien, es la que antaño cantaba cuando hacía sus labores, la que corría al encuentro de lo desconocido, la del entusiasmo desbordante y pasajero, la de los abrazos repentinos. La que no pudieron doblegar del todo las reconvenciones maternales ni las estructuras del entorno.
A través de los años se fue haciendo más sagaz , me invade por las noches a traición avivando la nostalgia, recordándome el pasado; yo la llamo a silencio diciéndole que mejor es olvidar , que no se puede volver el tiempo atrás ni enmendar con rezos los errores.
¡Es tan distinta de lo que yo soy ahora! Que solo se parece a mí cuando escribe, cuando besa, cuando llora. Tal vez un día dejemos de pelear. Mientras tanto ella es la que se acuesta a mi lado y me susurra las letras de canciones y las poesías cuando yo no las recuerdo en las noches largas de insomnio y desasosiego.





© Myrta Zweifel
10/2009
® Birlibirloque


Las niñas





Del alto muro desolado pende un hilo...




Se bebía té a la noche.
Dolores llegaba cansada de su trabajo. Olguita, de tres años y Juanita de cuatro esperaban su llegada acurrucadas en el borde de la vereda.
Cuando su imagen lejana se acercaba se transformaba en ella ¡mamá!
Juanita aplaudía y corría a avisar a Olguita, ¡rápido, sentémonos a esperarla! Ya al lado, con cuchicheos y sonrisas de contento hablaban al unísono. -¡hum...! decía Dolores,- basta de parloteos, ¿qué me quieren contar?
Cada una a su modo le decía cuánto la quería, cómo la extrañaba, que el tiempo era largísimo en su ausencia –a pesar de estar el tío Juan que las cuidaba, peinaba sus cabellos con trenzas y moños, les servía el té con tostadas. Todo el amor que él irradiaba no era como los besos de mamá.

(Porque mamá al acostarnos a dormir con ella, una de cada lado, nos contaba cuentos con un sonido inigualable, nos calentaba si teníamos frío, nos calmaba si teníamos algún dolor porque el calor de su amor no se parecía a ningún cuento conocido y eso que los escuchábamos todas las noches repetidos, pero no importaba, sólo queríamos ese sonido arrullador.)


© María Elsa Bravo


® Birlibirloque

La sombra







Busco el ruido suave
de las sombras
clavo mis uñas en la piedra
confirmo la muda ausencia.
En las mismas horas
en que bebo el perfume
y la dulzura cruel
de las distancias.

Cuánto oculta la ficción
que agosta el mundo olvidado.

Cortinas de silencio se derraman
sobre mis ojos.
Y no hay río ni lago ni fuente
que calme esta sed.
Que me abraza.


© Lidia A. González

®Birlibirloque

Ave Fénix







Entreabrió los ojos, los párpados volvían a caer. A lo lejos el rumor de tazas, platos, voces se mezclaban con el sopor. Se hundió nuevamente en la pesadez del dueño. ¡Fénix, Fénix! El susurro de todas las mañanas,
Ella volvía. Se estiró con dificultad para encender la luz. La realidad lo golpeó una vez más. Blancas paredes envolvían su cárcel sin tiempo, sin culpa. Otro día comenzaba, igual que ayer, que mañana, que pasado mañana, igual que hace ocho años sin meses, sin fechas, siempre igual.

-! Levantate! Se te hace tarde!
-Cómo que no vas a trabajar? ¡Eso no está bien!
-Hace tres días que no salís de la pieza… ¿que te pasa?

No está bien, claro que no estoy bien. Esas voces, las escuchaba, yo te juro que las escuchaba mamita, no te mentía, querían matarme, estaban detrás de la puerta, agazapados, tenía que estar despierto todo el tiempo, me querían llevar, no podía dormir. Ahora se fueron… igual que vos… pero yo sé que no me dejaste, te escucho todas las mañanas.
Bajó de la cama. Fue al baño. Se mojó la cara para despejar la modorra. Sacó la campera de abajo del colchón. Tenía muchos bolsillos en donde guardaba tesoros que escondía de las manos largas que en las noches de somníferos intentaban arrebatárselos. Se la puso. Jacinto su compañero de habitación le habló. Salió sin contestar.
Caminó por el pasillo junto a los otros que como autómatas enfilaban hacia el comedor.
¡Hola Fénix! Margarita le sonrió mientras le ponía delante el jarro con té y un pan.
¡Hola linda! La miró. ¡Está buena! Buen culo, buenas tetas. Un estudio integrado, arrastrado en años, su condición de hombre-macho perduraba.
-¿Querés que te cante un tanguito?
Eran su especialidad. Grabados en la memoria, resistieron. ¡Me sé 800!
Los impulsos eléctricos no pudieron con ellos, anularon, ¿qué anularon?
Recuerdos, momentos, vivencias, son olvidos que ya no cuentan.
-Ahora no, más tarde.
Salió al jardín. Asomaban los primeros rayos de sol. Un cigarrillo, el primero del paquete diario. Callados amigos, incondicionales. El humo llevaba sus sueños. Las monedas tintineaban en el bolsillo. Miró el reloj.
Es muy temprano para llamarla, espero un rato más.
Miró el palo borracho, gordo, panzón, sin hojas, desnudo como él.

-Tiene una boca enorme!. Me quiere tragar, ¿no la ves mamita? La abre muy grande, la lengua verde, llena de pinches.
-Señora este muchacho necesita una vida ordenada, sin sobresaltos, con esta medicación que es la adecuada y que lo acompañará el resto de su vida.

¡Colo! ¡Negrito! ¡Bianca! ¡Gris! Dorita caminaba tambaleante sosteniendo un plato con migas de pan mojado en leche mientras los gatos impacientes zigzagueaban entre sus viejas zapatillas. Eran toda la razón de su vida.
Fénix la miró sin verla. Dorita se detuvo, lo miró también con esa expresión de inocencia que tienen los perdidos.
-Viste cómo me quieren?- musitó. El sacudió la cabeza asintiendo. Camina como un gato, maúlla como un gato, es un gato.

-¡Hola Elena! – cayó la moneda.
….
-¿Venís mañana no?
…….
…Estás enferma? Que tenés?
…
-Bueno, te llamo mañana, que te mejores. ¡Cuidate!

Elena, su hermana, la única que lo conectaba con el mundo exterior, con ese mundo que le había dado la espalda. Cada quince días venía a visitarlo. Le traía ropa limpia, lo llevaba a tomar un café. Vivía entonces. Caminaban siempre por la misma vereda, entraban siempre al mismo bar, en la misma mesa, en el mismo sitio, siempre pedía lo mismo. ¡No me gustan los cambios! Compraba caramelos y cigarrillos en el mismo quiosco.
El ritual se repetía miércoles por medio. En su calendario la vida se remitía a esos esperados días y cómo su signado nombre volvía a renacer en ellos, renacía una y otra vez como el ave Fénix.




© Erica Schworer

® Birlibirloque

Insaciable







Insaciable
el territorio que late debajo de la piel gastada
Respiré y bebí ese vino
aquel aliento que sube desde la plegaria.
Las grietas de mis labios hablan de otros vinos
otras palabras.
Otros son los ojos que miran con mis cristales
el cuerpo que se abandona
desencontrado con la noche.
Otra la mirada que alerta.
Estira pliegues memoriosos.
-los que recuerdan detalles amanecidos en el alma-
Insaciable, la espera confidente
segundos que escapan del ritmo certero
de la amargura riendo a mi espalda
cuando pasan al ayer cenizas
de sueños que proyecté esta mañana.
-No es padecer lo que me habita y se instala-
Soy trozos de un sueño fragmentado.
Un ángel de mirada esquiva y lira sin cuerdas dice al oído:
Ni angustias, ni temores.
Y vuelvo (sin mirar los escombros de realidad)
a soñarme entera.
Soy aquella que me sueña y esta que mira por dentro
la que suelta lágrimas y captura versos.
Porque cuando se ha respirado el corazón de una rosa
no hay sol
no hay estrellas para recuperar el sentido.
-Ya no se regresa del espacio donde cabe el fuego-
El tiempo abre su boca ávido, la conciencia declina
encerrada por los bordes del anhelo.
Insaciable
cuando todo huele a nunca y a hora malgastada.



© Cecilia Ortiz

® Birlibirloque

Recuerda





Me dices: “Perdona”
Te digo: Recuerda!
Te has hecho a ti mismo un mal terrible,
Amputaste para siempre tu persona,
Si hasta los tuyos sienten pena
De ser carne y apellido de semejante fiera.

Me dices: “Perdona”
Te digo: Recuerda!
Fue su llanto que llegó a tu oído.
Su sangre que salpicó tu cara.
Sus huesos y sus carnes los que tiraste al río.
Sus hijos los que sufrieron tu desvío.

Me dices:”Eran órdenes…”
Te digo: Recuerda!
Fue tu poder que acalló sus voces.
Fue tu mano que apretó sus cuellos.
Fue tu bota que partió sus cráneos.
Quedaste tú, se fueron para siempre ellos.

Me dices: “Eran bestias…”
Te digo: Recuerda!
Eran niños que extraviaste.
Eran hombres atados que hasta el cansancio golpeaste.
Jóvenes que al río tiraste.
Parturientas que encapuchaste…

Me dices: “Perdona”
Te digo: RECUERDA!... RECUERDA!... RECUERDA!...



© Irma Acuña

® Birlibirloque


sábado, 28 de noviembre de 2009

Quererte fue como andar en la luz







Comíamos los brotes de las rosas y bebíamos las flores de las madreselvas. Cuando nos escondíamos creíamos ser invisibles y cambiar de forma al jugara las estatuas. Que nuestras heridas se curaban al instante. Si abríamos los brazos podíamos volar alrededor del patio y saltando en un pie, llegábamos al cielo.
No nos convertimos en dioses a pesar de todo, solo crecimos. Los juegos de la infancia desaparecieron después que perdimos la inocencia,
Cuando llegó el amor fue como descubrir un mundo nuevo. Todas las cosas, el sol, los pájaros, la vida, tenían otro color.. Sentir el estremecimiento de todo mi ser al rozar tu piel, al oír tu voz. Caminar abrazados por el camino aquél bordeado de árboles altos que cantaban allá arriba entre las hojas exhalando olor a pino y eucaliptos, en los atardeceres de verano, fue como andar en la luz más pura.
¿En qué cruce del camino nos soltamos de la mano? No recuerdo si hubo llanto, reproches, si nos separamos en silencio o porque sí. Solo sé que la dulzura que me invade al recordar ese primer amor, nubla mis ojos y vuelvo a sentirme niña, ligera, limpia; como cuando libábamos las perfumadas madreselvas y cortábamos los brotes del rosal, soñando que éramos inmortales y que nada en nuestro mundo tendría fin.






© Myrta Zweifel

® Birlibirloque

Divina trinidad madre







Madre manejaba el coche, la librería, las decisiones importantes de la casa, y la vida dentro de ella.
Usaba los labios pintados de rojo y un rodete rígido y negro, manejaba su humanidad con forma de heladera con actitud y decisión.
Al comienzo del día taconeaba hasta la puerta de entrada con un vestido de flores chiquitas y la cartera de cuero cuadrada en la mano, me buscaba con la mirada, y antes de subirse al Rambler negro me daba la primer orden del día, desde el extremo del índice, que siempre fue la misma: “Sé una buena niña hoy”. Y yo siempre creí cumplir.
Mami administraba la cosa domestica y lo hacia con la energía de un cuerpo fibroso y rápido. Esto es la limpieza, el orden, los manteles blanqueándose al sol, mis vestidos copiados de figurines, los escones de la tarde, las compras, los carteles.Porque en esta casa blanca y con un gran árbol en el frente, mami asignaba un lugar para cada cosa, y cada una debía estar en ese justo lugar que ella rotulaba, “cocina”, “escalera”, “parra”, “calcetines”, “cuchillos”, innecesarios a mi entender.
Para madre yo tenía una curiosidad morbosa y desvergonzada que había que amputar de raíz, pero eso siempre fue algo muy dificilito porque venía conmigo desde la misma médula.
Para mamita, su función fue ser mi sombra. Cuando a la mañana abría mis ojos, me encontraba con los de ella y a la noche, eran lo último que veía.
Al levantarme cada día yo estiraba la mano y mamita me iba alcanzando el cepillo con la pasta puesta, el vaso con agua, la toalla, las medias, el vestido, los zapatos. Y mientras yo me peinaba, porque nunca supo hacerme las trenzas, mamita hacía su cama y la mía e iba detrás de mí poniendo cada cosa tirada en su justo lugar rotulado.
Teníamos una rutina ordenada y fija, porque así deben funcionar las casas.
Cuando a madre el rodete se le puso blanco, la rutina cambió. Dejó de trabajar en la librería, vendió el Rambler negro, y trajo a Ramona para los quehaceres domésticos más pesados, y a mi me trajo a Pupita una perra que embarraba la sala, y masticaba las flores.
Yo siempre estaba leyendo porque era la manera de domesticar mi curiosidad, así se sucedieron mis clases de piano, de ajedrez, de pintura y escultura, mis lecturas de filosofía y literatura. Siempre junto a mamita y Pupita.
Mi infancia ha quedado lejos, la casa sigue blanca y con el árbol en el frente, pero quedamos mamita que está muriéndose y yo.
He dejado mis clases de piano del Instituto Superior de Música de Madrid para correr a Buenos Aires a asistirla.
De tanto en tanto abre los ojos, encuentra los míos y extiende la mano. Yo le alcanzo el vaso con agua, que rechaza, le tomo la mano, y eso no es, está inquieta.
¿“Qué quieres decirme mamita?”
Pero mamita no dice nada, como siempre. Ella nunca ha hablado. Le alcanzo un papel y una lapicera, entonces escribe “MAMA”, el papel queda sobre su pecho y se duerme por el esfuerzo.
Me paro y descorro la cortina. Recuerdo que tenía flores rosas que ya no están. Miro por la ventana puedo ver la parra donde tomábamos el té con escones las tardes de verano, y donde hacíamos todas nuestras celebraciones, navidad, año nuevo, cumpleaños y el día de la madre. Recuerdo que para ese día yo hacía tres cartitas con dibujos y palabras amorosas.
Las amé mucho, y ellas, sé, me amaron mucho. Solamente quise saber toda mi vida quién de estas tres madres era mi madre de panza. Siempre sentí que tenía derecho a saberlo. Una a una ha muerto y me han dejado sola y sin respuesta, sin esta verdad que no era desmesurada, sino una pregunta simple que no quedó saciada ni con arte ni con ciencia.
Pero a cada tímida insinuación era para ellas un escandaloso insulto. Que debían castigar o distraer.
A los seis les pregunté a las tres juntas reunidas bajo la parra, ¿“porqué yo no tengo papá?”. Mamita abrió los ojos grandes y empezó a lloriquear, mami empezó a retirar la vajilla, madre se fue y apareció con un libro que debía leer, porque dijo, que yo era muy inteligente.
A los ocho, otra vez en una reunión pregunté, ¿“porqué yo no tengo hermanos?” Y otra vez ese clima de “a correr, que se viene un terremoto”. Pero al otro día madre me trajo a Pupita.
Con los años cada vez que me asaltaba la duda en vez de preguntar iba derecho a tocar el piano, o comenzaba la lectura de un nuevo libro, pero esa pregunta se me agigantaba en el pecho y me latía en la garganta.
Entonces madre me anotó en el Conservatorio para la carrera de pianista.
La música me sosegaba, me transportaba a otro mundo y me hacía bien dominar la teclas y golpearlas con furia y ensordecer, era una forma permitida de gritar y hacerme oír, de revelarme.
Ramona me avisa que mamita ha muerto y siento que me han sacado la mitad de mi cuerpo, que no puedo respirar, que no quiero respirar.
Recorro los cuadros con fotos familiares tan conocidas colgadas en las paredes.
Todas tienen cartelitos, como si fuera necesario!
“Foto familiar 1948: Teresa, Margarita, Gladys” las tres solteronas posan junto al árbol del frente.
“Foto familiar: 1956: Madre, Mami, Mamita y Clarita” y las tres damas posan en el mismo lugar y yo muy bebé en brazos de mamita.
Y pienso, cuantas historias habrá detrás de una historia. ¿Porque estas mujeres eligieron vivir juntas, con un secreto hecho carne y curiosidad?
Debo cerrar el ataúd e instintivamente tomo el papel escrito por mamita y lo dejo sobre su pecho. No se que pensé, tal vez como mamita necesitaba los carteles tal vez quiso tener su ultimo cartel.
Las lágrimas me corren por la cara. Ramona saca el papel y me lo da “Esto es para Ud. Clarita” y yo me lo guardo en el bolsillo y salgo, necesito aire y luz. Me voy bajo la parra a pensar mi vida, a revisar esos momentos que fotográficamente el recuerdo me acaricia. Mamita y yo contando las estrellas tiradas sobre la hierba, mamita sentada a mi lado mientras yo desafinaba el piano. Mamita y yo soplando las velas de mi torta de cumpleaños que sobre la base tenía un cartel que decía “torta de cumpleaños de Clarita”.Yo nunca pedí tres deseos, solo pedía uno, porque sacrificaba dos para que el uno que pedía tuviera más fuerza, y siempre era el mismo deseo: conocer mi panza- madre. Pero con esta muerte, muere también mi esperanza.
De todos modos, no me voy a tocar el piano, ni con la lectura, porque no busco desahogarme ni distraerme, sino hilvanar el entramado de mi historia simplemente recordando y escribiendo, quiero mirar hacia mí y dejarlo todo registrado.
Una fresca brisa me envuelve, me pongo las manos en los bolsillos y me gusta pensar que el viento y el tiempo traerán la respuesta.



© Irma Acuña

Octubre-08

® Birlibirloque