
Después de andar caminos, cruzar mares bravíos, ahora el viejo marinero prefiere las penumbras de su refugio, alguna vez cuenta sus andanzas, de grandes tempestades en alta mar, donde el barco parecía una nuez en la inmensidad del océano, cuando azotaban vientos bravíos, el capitán daba ordenes imposibles de realizar, si lo mandaban a estribor el viento los llevaba a babor.
Ahora en la habitación en penumbras, las cortinas cerradas, sumido en recuerdos de ese duro trabajo, a veces placentero cuando con sus compañeros bajaban a tierra y compartían aventuras, amores pasajeros.
En uno de esos puertos conoció a María, una joven de increíbles ojos celestes, el cabello azabache le cubría parte de la espalda, de caminar ligero, subió al barco rumbo a Buenos Aires. El amor surgió espontáneo, durante los días que duró la travesía, la relación se afianzó.
Pedro, mira el techo abovedado que recoge sombras del tiempo pasado, de la vida con María, después vinieron los hijos, para consolidar ese amor, Lo dejo inesperadamente, él estaba en uno de sus viajes, cuando ella agravó.
Las paredes remplazaron al barco, las ventanas cubiertas por el terciopelo que cae con gruesos pliegues, a los ojos de buey.
Tiene la piel curtida de tiempo, de sol, de años, de mar, sus ojos cansados de lágrimas de ausencia, ve, una gota de luz que se filtra entre el tejido avejentado.
Ese viejo marinero, descansa de los avatares de la vida, de las tormentas pasadas en los mares turbulentos.
La luz se licua en el suelo formando charquitos polvorientos.
© Remedios Pernas
1/10/07
® Birlibirloque
Ahora en la habitación en penumbras, las cortinas cerradas, sumido en recuerdos de ese duro trabajo, a veces placentero cuando con sus compañeros bajaban a tierra y compartían aventuras, amores pasajeros.
En uno de esos puertos conoció a María, una joven de increíbles ojos celestes, el cabello azabache le cubría parte de la espalda, de caminar ligero, subió al barco rumbo a Buenos Aires. El amor surgió espontáneo, durante los días que duró la travesía, la relación se afianzó.
Pedro, mira el techo abovedado que recoge sombras del tiempo pasado, de la vida con María, después vinieron los hijos, para consolidar ese amor, Lo dejo inesperadamente, él estaba en uno de sus viajes, cuando ella agravó.
Las paredes remplazaron al barco, las ventanas cubiertas por el terciopelo que cae con gruesos pliegues, a los ojos de buey.
Tiene la piel curtida de tiempo, de sol, de años, de mar, sus ojos cansados de lágrimas de ausencia, ve, una gota de luz que se filtra entre el tejido avejentado.
Ese viejo marinero, descansa de los avatares de la vida, de las tormentas pasadas en los mares turbulentos.
La luz se licua en el suelo formando charquitos polvorientos.
© Remedios Pernas
1/10/07
® Birlibirloque





