Por el placer de estar juntas hacemos juegos con palabras. Nos reunimos una vez por semana y entre café y cosas ricas, creamos letras en libertad.

viernes, 30 de enero de 2009

Reunión 17 diciembre 2008





video



Siempre la música, acompañándonos. Juntas nos decidimos a todo.

Olvidamos qué ocurre fuera, recordamos momentos, escribimos, leemos o cantamos. Pero esta vez, es solo música. Piano.

No es un concierto. No. Es ese instante, mágico, de paz al finalizar la reunión de fin de año.

Sabíamos que nuestro siguiente encuentro era el 7 de enero de 2009, nos parecía que faltaba mucho tiempo para disfrutar juntas. Ya forma parte de Haciendo memoria.

Lo compartimos, con nuestro deseo de Paz en el Mundo. (Nos vamos a volver reiterativas, tal vez, insistiendo ...)

Abrazos para todos.


Birlibirloqueras

sábado, 3 de enero de 2009

Paz en el mundo






No es necesario decir muchas palabras para que nuestro deseo se comprenda.

Es hora que este fuera de itinerario de cada día, con el amor filial agonizando
(en la morada absurda de las armas), cese.

Nuestro abrazo solidario para todos, los que son noticia y lo que no lo son, pero están
en situaciones similares.


Carolina, Cecilia, Erica, Irma, Lidia, María Elsa, Myrta, Remedios




viernes, 2 de enero de 2009

Temblorosa




Envuelta en mi capa transparente, delicada, vivo en un agujero reducido y oscuro.
Desde que Ella murió, todo es tranquilidad y silencio.
Nadie me molesta.

La abuela me adoctrinó eficazmente. El objetivo: la mejor calidad, lo más fino. Un twed inglés, un guipur francés, algún tapiz del norte…
Pero hay una falta de seguridad terrible. La colonia se ha reducido a unos pocos, algunos murieron de extraños males, otros, intoxicados con raras fibras o asfixiados en cajas, la natalidad se redujo al mínimo. De modo que salimos a respirar cuando se presenta la oportunidad, que no es muy a menudo.
Hoy, un rayito de luz se filtró en mi cueva, salí ansiosa a bañarme con él.

He ahí un escritor que, mientras borronea páginas en blanco, busca palabras que le son esquivas, vaga su mirada del techo a la ventana recordando conversaciones con la amada muerta, códigos que resaltaban una intimidad fraterna, suspira, y con la mano hace un gesto para ahuyentar esas imágenes, y allí, posada sobre el pie de la lámpara se balancea una polilla temblorosa.

Él me vio, sonrió con melancolía y me dijo:“! Quédate donde quieras, sólo quedamos tú y yo!”


© Lidia A. González

® Birlibirloque




Marinero en penumbras





Después de andar caminos, cruzar mares bravíos, ahora el viejo marinero prefiere las penumbras de su refugio, alguna vez cuenta sus andanzas, de grandes tempestades en alta mar, donde el barco parecía una nuez en la inmensidad del océano, cuando azotaban vientos bravíos, el capitán daba ordenes imposibles de realizar, si lo mandaban a estribor el viento los llevaba a babor.

Ahora en la habitación en penumbras, las cortinas cerradas, sumido en recuerdos de ese duro trabajo, a veces placentero cuando con sus compañeros bajaban a tierra y compartían aventuras, amores pasajeros.
En uno de esos puertos conoció a María, una joven de increíbles ojos celestes, el cabello azabache le cubría parte de la espalda, de caminar ligero, subió al barco rumbo a Buenos Aires. El amor surgió espontáneo, durante los días que duró la travesía, la relación se afianzó.
Pedro, mira el techo abovedado que recoge sombras del tiempo pasado, de la vida con María, después vinieron los hijos, para consolidar ese amor, Lo dejo inesperadamente, él estaba en uno de sus viajes, cuando ella agravó.

Las paredes remplazaron al barco, las ventanas cubiertas por el terciopelo que cae con gruesos pliegues, a los ojos de buey.
Tiene la piel curtida de tiempo, de sol, de años, de mar, sus ojos cansados de lágrimas de ausencia, ve, una gota de luz que se filtra entre el tejido avejentado.
Ese viejo marinero, descansa de los avatares de la vida, de las tormentas pasadas en los mares turbulentos.
La luz se licua en el suelo formando charquitos polvorientos.



© Remedios Pernas
1/10/07
® Birlibirloque

Aída, el Príncipe de Gales y el tiempo circular






Mamá lloró desconsoladamente, y como la vi tan abatida y sufriente, le dije unas palabras que creí mágicas, algo así como: ¿Cuántos años tenía Aída? ¿Más de 80?, ¿Cuántos años más querías que viviera? Me parecieron lógicas, obvias y esperé que al instante parara el llanto y cortara la pena, pero no fue así. Mi madre siguió llorando amargamente la muerte de su hermana.

Aída vive un mundo de texturas. Sabe del poplin, sarga, seda, pana, terciopelo, liencillo, gasa. El algodón, la muselina.
Se asoció a un maniquí acéfalo y mudo que la acompañó hasta la muerte con total lealtad, en la aventura de dar forma a los caprichosos deseos de las clientas, y se mantuvo con gran dignidad de pie, en una eterna y femenina silueta soportando con elegancia el accionar de alfileres y la tijera sastre que divorciaba para siempre el sueño del hábito de una manera sabia y drástica.
Este es el mundo de Aída. En un rincón un enorme espejo, en la otra esquina un mueble atiborrado de revistas y figurines, sobre la mesa se apilan texturas conteniendo tonos, colores. Cajas de botones, pequeños, medianos, grandes, gigantes; de metal o madera, broches, festones, puntillas. Están ahí, a la espera, Aída con seriedad y concentración los mira como quien pasa revista a las tropas, y entonces elige para cerrar, ornar, combinar la tarea.
Aída, manos finas, largas, dedos flacos, cuando toca el cuerpo de sus clientas, las va midiendo en un acto reflejo, recorre la espalda, cierra las manos en el talle, abre sus dedos. De esta manera todo es de una o dos palmas, de tres o cuatro dedos.
Cincuenta años le dio a la máquina. La columna doblada en la tarea, la vista concentrada en la obra a terminar, el oído en el radioteatro, el informativo, la quiniela, los tangos.
Con la misma sonrisa encara un corpiño, una sábana, un traje de baño, un vestido de novia.
El paso del tiempo lo mide con la moda, pero el tiempo de la moda es cíclico, por eso siguió dándole a la maquina.
Pasa sus días entre sulfilado, hilván, dobladillo, los festones, frunces, volados, pespuntes, y las exigencias femeninas de realzar, ajustar, disimular, cubrir, o mostrar, agrandar o estilizar, rejuvenecer.
Aída sigue trazando en tiza a pedido, vistiendo al maniquí, clavando alfileres, creando, dándole a la máquina.
Aída es tímida, porque su arrojo y agallas están a disposición del acto creativo de vestir cuerpos, aparte de eso tiene dificultad para relacionarse con la gente. Es como infantil.
Su voz se escucha apenas, en raras ocasiones para decir poco, y siempre algo amable.
No tiene palabras, ella piensa en colores, en rayas y lunares, en seda y arpillera y demuestra su amor vistiéndote, a mi me hizo muchos vestidos y faldas, blusas y camisones. Es su manera de abrazarme.
Ella no se enoja, simplemente aprieta el pie de la máquina de coser y en esos momentos, la máquina anda más rápido, el vestido llega antes a su realización.
La muerte la sorprende cosiendo, porque no se percató que la vida le mandaba señales, una visión más pequeña, un andar menos ágil, una cabeza cubierta de canas. No supo interpretarlo, pensó que el tiempo circular, como la moda, ya mejoraría su visión, ya su agilidad, ya su color en el cabello.
El maniquí sigue erguido y a la espera de su socia. Hay silencio en el taller. Cientos de texturas y colores a la espera de formas y las lágrimas de mi madre siguen corriendo porque nada saben de obviedades o de razonamientos.

Así fue como Aída, dedos de elásticos, ojos de botones, pelo de bouclé, murió, silenciosa y tímidamente. Como vivió toda su vida.




© Irma Acuña
Agosto 07

® Birlibirloque

Recuerdos de la mano





Había solo algunas personas, el día soleado, los árboles altos se alzaban firmes hacia el cielo azul de febrero, era la primera vez que entraba en uno de esos lugares.


No comprendía bien que se hacía en ellos, pero el padre sostenía su mano, sentía que no estaba tan sola. Era el día en que tenía que despedirse de su madre le dijeron, ese iba a ser el lugar donde ella descansaría.

Era tan alta que para ella que era pequeña, apenas 6 años , tenía un tamaño tal que desde su óptica podía ser la puerta para un gigante. La madera oscura , lustrada la hacía más imponente. Recuerda cuando estaba parada frente a ella los domingos a la tarde
hasta el sábado de la semana siguiente. Apretaba la mano grande y cálida que oprimía la
suya. La tristeza era infinita, no había quejas, sólo tristeza. Años más tarde supo que la de
él era mucho mayor. Dejaba a su única hija, a su única familia, a todo lo que tenía detrás de esa puerta.

Sentada en la confitería la señora hablaba animadamente. Ella podría ser
su futura madre pensó. Su padre le había dicho que estaba buscando una mamá que se ocupara de ella así no tendría que estar más toda la semana en el colegio. Ese fue el primer encuentro con una de las señoras que contestaban al aviso publicado en el diario alemán “Freie Presse” , “ viudo alemán de 45 años con una hija de 6 años busca relacionarse con señora con fines serios” . Al terminar la entrevista el padre no tuvo que preguntarle nada porque la niña dijo “esta mamá no me gusta” . El padre tomó su mano, se sintió apoyada.


Recuerda que la casa era muy grande, desde la habitación veía un patio con muchas macetas pero no podía salir. Estaba enferma, le dijeron que tenía escarlatina. Esa señora que la cuidaba día y noche, era buena , le gustaba. No podía volver al colegio hasta que se curara. Quedó allí un tiempo largo.

Una tarde su padre le contó que se iba a casar con ella porque los quería a los dos. La niña aceptó de buen grado.

Nunca había estado en la playa, esas vacaciones fueron únicas. Los tres estaban de luna de miel.

Ahora la niña podría caminar de nuevo sostenida por dos manos.


© Erica Schworer –
12 de abril de 2007

® Birlibirloque

Todos los sonidos quietos







15-4-08


La casa triste, el perro acurrucado, quietud en el alma.
Deseosa, con ansiedad, recorro las páginas de algún libro que me atraiga.
Decido comprar una radio moderna, escuchar distintos locutores, distintos programas.
Todo es un cotorreo infernal. Colgados, en la copa, en las distintas resonancias.
Si no estás alerta estamos a punto de una contienda “a río revuelto ganancia de pescador”.
Mientras, los pobres verdaderos seguirán sufriendo. Los ricos serán más ricos.
¡Hablan de lucha por la patria! ¿Qué patria? ¿La financiera?
Lo conocido es, el que tiene campos, está contento, mientras que el que no, su panza seguirá con los sonidos ruidosos..

22-10-08

Los sucesos continúan vertiginosos. Los muertos están a la vista. Los heridos persisten.
Ha muerto alguien importante. Los medios tienen todos los espacios ocupados.
Las bolsas caen estrepitosas. El merval baja al infierno. Las acciones bajan.
La pequeña Sofía, desaparecida pasa desapercibida. Nadie sabe de ella. Nadie derrama una lágrima por sus cuatro añitos.
Alguien acongojado de la inseguridad que no logra combatir.
...Mientras leo la página de “sueltitos” de la revista PLANETARIO, guía de los chicos:
¡VIVA LA TETA! El gobierno de Buenos Aires y Fundalan firmarán un convenio para promover el programa de lactancia materna, la ministra de desarrollo social promoverá el programa AMAMANTAR. ¡Hurra a los recién nacidos!
¡Las embarazadas apuntan con sus panzas al futuro!


© María Elsa Bravo


® Birlibirloque


Primer gran dolor





Ese hombre tenía un no sé qué cuando sonreía, cuando levantaba en alto la copa que brillaba al sol. Ella no pudo hacer otra cosa al verlo por primera vez que enamorase perdidamente.
Con su inseparable amiga miraban tomadas de la mano todas las carreras en las que intervenía, sufriendo, comiendo chocolate, saltando abrazadas por todo el comedor.


Cuando trasladaron al padre de su amiga a Colombia quedó desolada. Mirar las carreras sin su compañía era un suplicio, solo comparable a la alegría inmensa que experimentaba al verlo llegar en primer lugar.

Se hablaban varias veces por semana y cuando ocurrió el accidente lloraron a los gritos por teléfono incapaces de creer semejante tragedia.
A los pocos días de aquél suceso la familia de su amiga, regresó al país a raíz de un asalto que habían sufrido.

Ella fue al Aeropuerto con sus padres, se precipitaron llorando una en brazos de la otra y llorando bajaron del auto frente a la casa.
Mientras los padres tomaban un refrigerio, ellas se encerraron en su habitación y sentadas en el borde de la cama, bajo la gran foto publicitaria, desde donde él les sonreía, se contaron entre sollozos cómo lo habían visto, en el mismo instante en que ocurrió aquél fatídico domingo volar por los aires con su coche rojo y cómo la televisión repitió día tras día el accidente y una imagen suya levantando en alto la copa, coronado de laureles.



©Myrta Zweifel

® Birlibirloque

Belgrano "R"

















Pasaba todos los días siempre a la misma hora y cada vez que miraba la estación tenía la sensación de que alguien la esperaba. Se sentía tonta. ¡Tener esa presunción! A los 46!
Juana, soltera, solterona como decían sus viejas tías, tomaba ese tren –el de las 14.40– hacía 20 años. De lunes a viernes. Y nunca le había pasado algo así. ¡Esa sensación! ¿Había sido casual? ¿O todo estaba diseñado de antemano?, no sabia, pero lo cierto era que cada vez que pasaba por allí esos últimos días sentía que la esperaban, que la necesitaban. Y ella cada vez ansiaba más responder a ese llamado de locos o desesperados.
¿Qué le pasaba? ¿La rutina la estaba envolviendo en el delirio? No, mejor seguir el impulso que le decía: -¡Bajate, bajate! ¡Seguí esta corazonada!
¿Corazonada de qué? ¿Un gran amor? No, eso se daba en los novelones de sus tías que a veces ella también leía a escondidas. Dejó pasar el momento, el tren arrancó nuevamente y ella siguió sentada, conmovida de alguna manera y con ganas de haberse dejado llevar. Cobarde. Lo más que le podía haber pasado era tomar el siguiente tren. ¿Es que cuando una va llegando a los 50 años se vuelve también cobarde?

-Hoy, cuando este tren pare, yo me bajo.-se dijo Juana muy decidida al día siguiente.
Y lo hizo. Se sentía... ¿ como se sentía? No lo podía expresar. Osada y temerosa. Y también curiosa. Tenia ganas de reír por la aventura. Se sentía quizás como una jovencita audaz. ¿Por qué no? Una tiene siempre todas las edades consigo.
Caminó con cautela. Miraba hacia todos lados. Cruzó el andén y se internó en la placita de atrás, esa que tiene juegos y árboles añosos. Y de pronto lo vio. Sentado. Muy quieto. ¿Era él? La miraba. Tenía un brillo especial en los ojos. Grandes. Inteligentes.
Ahora se miraban mutuamente con atención y cierto reconocimiento.
Se acercó lentamente, con cuidado, la voz apenas un susurro: ¿Charlie?
Y ese labrador rubio, de ojos grandes comenzó a mover la cola desaforadamente, sin control, todo alegría. Gimiendo se abalanzó hacia ella que lloraba sin poder creer que se habían reencontrado después de seis meses de tanto buscar.



© Carolina Menapace

® Birlibirloque



Abrir la puerta

















La angustia me estremece.


No siento más que tirones en la garganta y sin ganas cierro los ojos, me acuesto.
Angustia juega a las visitas. Ofrece el té en una minúscula taza, vacía y deteriorada. No acepto el juego. Me ofrece otra taza: porcelana con bordes de plata, té dorado, cálido, tentador. La rechazo.


Se va ofendida y deja todo desordenado: tazas en el piso, debajo de la alfombra, al costado de la cama.
También ha dejado los guantes largos y la cartera.
Volverá, apresurada, como siempre.


No abriré la puerta.



© Cecilia Ortiz

® Birlibirloque